CÓMO TERMINÉ SIENDO LA AMANTE DEL PROMETIDO DE MI MADRE


Desconfié del prometido de mi madre desde que comenzó a remodelar nuestra casa. Pensaba que solo buscaba quedarse con su dinero, pero mientras intentaba descubrir sus verdaderas intenciones terminé cruzando con él un límite que jamás podría confesar.

Mi madre conoció a su prometido cuando él comenzó a trabajar en la remodelación de nuestra casa.

Era bastante más joven que ella, tenía los hombros anchos, los brazos marcados por el trabajo y una sonrisa que parecía conseguir todo lo que pedía. Llegaba temprano con su cinturón de herramientas y pasaba horas levantando una barda, arreglando tuberías o trabajando bajo el sol en el patio.

Yo desconfié desde el primer día.

Mi madre tenía una casa propia, algunos ahorros y un pequeño negocio que había sostenido durante años. Él vivía en un cuarto rentado, aceptaba cualquier trabajo y casi siempre llegaba contando que algún cliente todavía no le pagaba.

—Ese hombre no está enamorado de ti —le advertí—. Está buscando quién lo mantenga.

Ella se puso furiosa.

—No soportas verme feliz.

Mi madre llevaba demasiado tiempo esperando que alguien volviera a mirarla como mujer. Él sabía hacerlo perfectamente. Le llevaba flores del mercado, la invitaba a bailar y le decía que sus canas la hacían parecer elegante.

Ella rejuveneció a su lado.

Comenzó a pintarse los labios, compró vestidos más ajustados y salía con él a cenar o tomar café. Yo debía alegrarme, pero cada gesto suyo me parecía ensayado.

Él notó mi hostilidad.

—Tu hija cree que voy a robarte hasta las cucharas —bromeó una vez.

—No sería raro —contesté.

—Tal vez debería comenzar por algo más valioso.

Me miró directamente al decirlo.

Cuando mi madre salía a atender el negocio, él encontraba excusas para quedarse cerca de mí. Me pedía agua, preguntaba por mis novios y sonreía cuando yo intentaba mantener distancia.

—Te pareces mucho a ella —comentó una tarde.

—No intente halagarme.

—No era un halago.

Se acercó lo suficiente para que pudiera oler su loción mezclada con polvo y sudor.

—Era una advertencia.

Desde entonces comencé a sentir su presencia incluso antes de verlo. Me molestaba cómo apoyaba una mano en mi cintura para pasar detrás de mí en la cocina. Me molestaba todavía más descubrir que, cada vez que lo hacía, yo dejaba de respirar.

Durante una discusión en el patio, me acusó de observarlo mientras trabajaba.

—Yo lo detesto —respondí.

—Por eso no dejas de mirarme.

Quise apartarme, pero me tomó suavemente del brazo.

—Dime que nunca has imaginado lo que pasaría si nos quedáramos solos.

El límite se cruzó durante un viaje de mi madre. Debía pasar dos noches fuera y me pidió que supervisara las reparaciones.

Él llegó después del mediodía. Durante horas evitamos dirigirnos la palabra, pero comenzó a llover, se cortó la corriente y terminamos sentados frente a frente, compartiendo una botella.

—Todavía piensas que quiero robarle —dijo.

—Todavía lo pienso.

—Entonces vigílame de cerca.

Se levantó y volvió a acercarse.

Esta vez no retrocedí.

Me besó con una urgencia que me hizo olvidar que aquella casa pertenecía a mi madre.

Primero me sostuvo del rostro, como si temiera que yo fuera a apartarme. Después me atrajo hacia él por la cintura y sentí mi espalda contra la pared recién pintada. Durante unos segundos intenté recordar todas las razones por las que debía detenerlo.

No recordé ninguna.

Durante semanas había intentado convencerme de que lo odiaba. Era más fácil acusarlo de interesado que reconocer cuánto me alteraba tenerlo cerca. Desde que comenzó a salir con mi madre, yo desconfié de sus intenciones. Él era más joven, demasiado encantador y parecía sentirse cómodo en una casa que todavía no era suya.

Pero también había aprendido a provocarme.

Se acercaba cuando hablábamos, bajaba la voz para obligarme a inclinarme hacia él y sostenía mi mirada hasta que yo terminaba apartándola. A veces rozaba mi mano al recibir una taza o pasaba detrás de mí en espacios donde tenía lugar suficiente para mantener distancia.

Yo fingía no notarlo.

Aquella noche ya no pudimos fingir.

Después del primer beso juramos que no volvería a ocurrir. Permanecimos separados apenas unos minutos, respirando con dificultad y evitando mirarnos. Yo me acomodé la ropa, abrí la puerta y le dije que olvidara lo sucedido.

Él me tomó de la muñeca antes de que pudiera salir.

Volvió a ocurrir aquella misma noche.

Y muchas veces después.

Nos encontrábamos en el cuarto que estaba remodelando, en la bodega del negocio o dentro de la casa cuando mi madre salía. Él cerraba la puerta sin hacer ruido y me atraía hacia su cuerpo antes de que yo terminara de preguntarle cuánto tiempo teníamos.

Había algo insoportablemente intenso en aquellos encuentros breves. Sus manos parecían reconocerme incluso en la oscuridad. Me sostenía por la cintura, escondía el rostro junto a mi cuello y me pedía que dejara de resistirme cuando ambos sabíamos que yo había ido a buscarlo.

A veces nos separábamos de golpe al escuchar un automóvil en la calle o pasos cerca de la puerta. Entonces permanecíamos inmóviles, demasiado juntos, esperando comprobar que no era mi madre.

El miedo hacía que todo pareciera más intenso.

En una ocasión ella lo llamó mientras él todavía mantenía una mano sobre mi cintura. Miró la pantalla, me pidió silencio con un dedo sobre los labios y respondió con una voz tan tranquila que sentí una mezcla de culpa y fascinación.

—Sí, amor. Estoy terminando unas cosas.

Yo podía escuchar a mi madre al otro lado del teléfono preguntándole a qué hora regresaría.

Él me miraba mientras respondía.

Cuando terminó la llamada, intenté apartarme.

—Eres un miserable.

Me sujetó nuevamente antes de que alcanzara la puerta.

—Y tú sigues viniendo.

Yo sabía que era una traición.

También sabía que nunca me había sentido tan deseada.

Con mi madre era paciente, tierno y cuidadoso. Le preparaba café, cargaba las bolsas y escuchaba sus historias sin interrumpirla. Cuando ella se cansaba, le masajeaba los hombros y le decía que se sentara mientras él terminaba las tareas de la casa.

Conmigo dejaba caer aquella máscara y se convertía en un hombre distinto.

Me buscaba con desesperación, me arrinconaba contra las paredes recién pintadas y me tomaba de las manos cuando yo trataba de empujarlo. A veces acercaba su frente a la mía y permanecía así, respirando cerca de mis labios, como si disfrutara verme perder la voluntad poco a poco.

Decía que mi desprecio lo volvía loco.

—No amas a mi madre —le reclamé una noche.

Él acababa de cerrar la puerta de la bodega. Yo mantuve las manos sobre su pecho para impedir que se acercara, pero él cubrió una de ellas con la suya.

—La quiero.

—Pero te acuestas conmigo.

—Porque tú me haces perder el control.

Se inclinó hacia mí, pero giré el rostro.

Él no insistió de inmediato. Deslizó los dedos por mi brazo y esperó hasta que fui yo quien volvió a mirarlo.

Aquella respuesta debió repugnarme.

En cambio, me hizo querer repetirlo.

Comencé a esperar sus mensajes. Reconocía el sonido de sus pasos en el pasillo y sabía, por la manera en que me observaba durante la cena, si intentaría buscarme después. Algunas noches pasaba junto a mi silla y apoyaba brevemente una mano sobre mi hombro.

Mi madre veía un gesto familiar.

Yo sentía una promesa.

Pocas semanas después, ella anunció la boda. Me pidió que fuera su testigo y que la ayudara con todos los preparativos. Juntas recorrimos tiendas buscando un vestido que la hiciera sentirse hermosa. Elegimos las flores, encargamos la comida y acomodamos sillas prestadas en el patio de la casa.

Ella estaba radiante.

—No sé qué habría hecho sin ti —me dijo mientras me abrazaba.

Tuve que cerrar los ojos para que no viera mi culpa.

Su prometido seguía buscándome.

Durante una prueba del traje, entró al pasillo donde yo esperaba. Mi madre estaba dentro del vestidor, a pocos metros de nosotros. Él se detuvo frente a mí, fingió revisar el ajuste de una manga y después me tomó de la cintura.

—Suéltame —susurré.

—No has dejado de mirarme desde que salí.

—Mi madre puede aparecer.

—Entonces deja de temblar.

Me besó antes de que ella saliera del vestidor. Fue un beso breve, pero me dejó sin aire. Cuando escuchamos moverse la cortina, nos apartamos de inmediato. Él regresó frente al espejo y yo fingí revisar mi teléfono.

Mi madre salió sonriendo.

—¿Cómo se ve?

—Perfecto —respondí.

No sabía si hablaba del traje o de la mentira.

En otra ocasión me escribió mientras los tres cenábamos.

“Te espero arriba”.

Sentí la vibración del teléfono sobre mi pierna. Levanté la mirada y lo encontré sonriendo junto a ella, como si nada estuviera ocurriendo. Mi madre hablaba de la lista de invitados mientras él rozaba lentamente el borde de su copa con un dedo, sin dejar de observarme.

Aquella noche subí.

Me esperaba detrás de la puerta. Apenas entré, me tomó de la mano y me acercó hacia él. Yo intenté reclamarle que era demasiado arriesgado, pero me silenció con un beso antes de que terminara la frase.

Cada vez necesitábamos menos palabras.

El día anterior a la boda, mi madre me pidió que preparáramos la habitación matrimonial. Extendimos sábanas nuevas, acomodamos pétalos sobre la cama y pusimos velas en las mesas de noche.

—Quiero que todo sea perfecto —dijo.

Yo conocía demasiado bien aquella habitación.

Había estado allí con él apenas dos días antes.

Todavía recordaba la forma en que me había levantado del suelo después de escuchar un ruido en el pasillo, cómo me sostuvo contra su pecho mientras ambos conteníamos la respiración y cómo después se rio en silencio al comprobar que solo era una ventana movida por el viento.

Mientras mi madre alisaba las almohadas, encontré debajo de la cama una pulsera que había perdido durante nuestro último encuentro. Me agaché rápidamente y la escondí en el bolsillo antes de que pudiera verla.

—¿Qué encontraste? —preguntó.

—Nada. Una envoltura.

Continuamos preparando la habitación, pero mis manos temblaban. Derramé varios pétalos sobre el suelo y tuve que agacharme para recogerlos.

—¿Por qué estás tan nerviosa?

—Solo estoy cansada.

Mi madre se acercó y me tomó de las manos.

—Sé que al principio no confiabas en él. Gracias por darle una oportunidad.

Sentí ganas de confesarlo todo.

En ese momento apareció su prometido en la puerta. Se acercó a mi madre, la abrazó por detrás y apoyó las manos sobre su cintura. Ella inclinó la cabeza hacia él, feliz.

Él me miró por encima de su hombro.

La complicidad de aquella mirada me estremeció.

No fue una mirada inocente. Me recordó cada rincón de aquella habitación, cada vez que había cerrado la puerta y cada momento en que yo había prometido no volver.

Mi madre permanecía entre sus brazos sin saber que ambos conocíamos demasiado bien la cama que estábamos preparando para ella.

Esa noche le dije que todo debía terminar.

Nos encontramos en la bodega. Él cerró la puerta detrás de mí y trató de acercarse, pero extendí una mano contra su pecho.

—Mañana te casas con ella.

—Eso no cambia lo nuestro.

—Lo cambia todo.

—No para mí.

Intentó rodearme la cintura, pero esta vez lo aparté.

—Entonces, ¿qué soy?

Se quedó callado demasiado tiempo.

—Eres la mujer que deseo.

—¿Y mi madre?

Su mano descendió lentamente desde mi brazo hasta mis dedos, como si quisiera retenerme sin utilizar la fuerza.

—Es la mujer con quien puedo construir una vida.

Aquella respuesta terminó de mostrarme la verdad.

Él quería la casa, la estabilidad y el cariño de mi madre. Quería sus comidas, su negocio y la seguridad de una mujer dispuesta a recibirlo como parte de la familia.

De mí solo quería el peligro, el secreto y la emoción de lo prohibido. Quería encontrarme a escondidas, besarme con el miedo de ser descubierto y después regresar junto a ella como si nada hubiera ocurrido.

Nunca había pensado elegir entre nosotras.

Estaba convencido de que podía conservarnos a ambas.

Yo también había sido utilizada.

A la mañana siguiente ayudé a mi madre a vestirse de novia. Cerré el vestido sobre su espalda mientras ella lloraba de felicidad. Después acomodé su cabello y limpié una pequeña mancha de maquillaje debajo de sus ojos.

—¿Crees que se emocionará cuando me vea?

—Sí —respondí.

Me abrazó.

Sentí sus brazos alrededor de mí y comprendí que aquella podía ser la última vez que mi madre me abrazara con completa confianza.

Después la acompañé hasta el patio, donde él esperaba frente a toda la familia. Las sillas estaban llenas. Había flores blancas sobre las mesas y una música suave salía de un parlante junto a la puerta.

Cuando mi madre llegó a su lado, él tomó sus manos.

Después me miró.

Fue apenas un segundo, pero entendí perfectamente lo que esperaba de mí.

Quería que permaneciera callada. Que lo viera prometerle fidelidad a mi madre y aceptara seguir siendo su secreto después de la boda.

Cuando llegó el momento de intercambiar las promesas, no pude soportarlo.

—Mamá, no te cases.

Todos se volvieron hacia mí.

Ella creyó que todavía desconfiaba de sus intenciones.

—No arruines este día.

—Tengo que decirte la verdad.

Su prometido palideció. Soltó lentamente las manos de mi madre y me dirigió una mirada que ya no tenía complicidad, sino miedo.

Confesé nuestros encuentros delante de todos.

No describí lo que habíamos hecho. Solo dije que llevábamos semanas viéndonos a escondidas, que había ocurrido dentro de la casa y que continuamos incluso mientras preparábamos la boda.

Mi madre no lloró de inmediato.

Me observó como si hubiera dejado de reconocerme.

Después se volvió hacia él y le dio una bofetada.

—¿Desde cuándo?

Él intentó acercarse y tocarle el brazo.

—Puedo explicarlo.

Ella retrocedió.

—No quiero que vuelvas a tocarme.

Luego me miró a mí.

—¿También tú pensabas quedarte con mi casa?

Aquella pregunta me dolió más que cualquier insulto.

—No. Yo nunca quise eso.

Mi madre soltó una risa amarga.

—Entonces fue peor. Me traicionaste sin ganar nada.

La boda terminó antes de comenzar.

Ella echó al hombre de la casa y dejó de hablarme durante meses. Él intentó buscarme varias veces. Decía que lo nuestro había sido real y que ahora, sin mi madre de por medio, podíamos estar juntos.

Una vez me esperó afuera del trabajo e intentó tomarme de la mano.

La retiré antes de que pudiera hacerlo.

Ya no sentía deseo cuando lo miraba.

Solo veía al hombre que había utilizado a dos mujeres de maneras diferentes.

Cuando comprendió que ya no existían boda, vivienda ni dinero, desapareció.

Yo había tenido razón desde el principio. Era un oportunista que veía en mi madre la posibilidad de una vida cómoda.

Sin embargo, mientras trataba de demostrar quién era, terminé convirtiéndome en la persona que más daño le hizo.

Mi madre creyó haber encontrado al hombre perfecto.

Yo creí que podía acostarme con él sin enamorarme, sin ser descubierta y sin destruir a nuestra familia.

Las dos nos equivocamos.

Ella perdió una boda y al hombre en quien había confiado.

Yo perdí algo mucho más difícil de recuperar: la confianza de la mujer que me había dado todo.


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