MI HIJA ME CONSIGUIÓ TRABAJO CUIDANDO A LA ABUELA DE SU NOVIO Y TERMINÉ QUERIENDO QUEDARME CON MUCHO MÁS QUE SU HERENCIA
Mi hija fue quien me consiguió el trabajo, así que supongo que, si alguien quisiera buscar responsables, tendría que empezar recordando que yo jamás habría entrado en aquella casa por mi cuenta.
Llevaba meses sin empleo cuando ella me habló de la abuela de su novio, una viuda con dinero, problemas para caminar y una personalidad suficientemente desagradable para espantar cuidadoras.
—Solo necesita compañía, ayuda con los medicamentos y alguien que no se deje mandar demasiado —me explicó—. Creo que tú podrías llevarte bien con ella.
No sé si aquello pretendía ser un elogio.
La casa estaba en un barrio donde los jardines parecían podados con regla, los automóviles no tenían golpes y hasta las cortinas transmitían una tranquilidad económica que yo nunca había conocido.
La señora Elena me recibió sentada en un sillón enorme, con bastón de empuñadura dorada y una mirada capaz de revisar mis zapatos, mi bolso y probablemente mis antecedentes familiares.
Junto a ella estaba Daniel, su nieto.
El novio de mi hija.
Ya lo conocía, obviamente, pero nunca había pasado suficiente tiempo cerca para reparar en que era bastante más atractivo de lo que convenía admitir.
Alto, moreno, bien vestido y demasiado atento conmigo, me saludó con un beso en la mejilla mientras mi hija sonreía como si me estuviera entregando personalmente una oportunidad maravillosa.
—Cuídame a estas dos —bromeó ella.
Daniel me sostuvo la mirada.
—Haré lo posible.
Aquello no significaba absolutamente nada.
El problema fue que yo quise que significara algo.
La señora Elena era insoportable durante las mañanas y sorprendentemente encantadora después del almuerzo, especialmente cuando descubrió que yo no obedecía cada una de sus órdenes como si fueran mandamientos.
Le preparaba el té como ella quería, organizaba sus medicamentos y escuchaba historias familiares repetidas varias veces, aunque pronto comprendí que detrás de cada anécdota siempre aparecía algún problema con sus hijos.
Según Elena, todos estaban demasiado ocupados para visitarla hasta que necesitaban dinero, recomendaciones, un préstamo o alguna firma relacionada con las propiedades familiares.
Yo escuchaba y asentía, quizá con demasiada comprensión, porque resulta difícil no simpatizar con una anciana rica cuando empieza a describir exactamente cuánto dinero posee.
Daniel pasaba casi todos los días.
A veces llevaba compras, otras revisaba cuentas o simplemente se sentaba a conversar con su abuela después del trabajo, siempre con aquella calma educada que mi hija adoraba.
Yo también empecé a adorarla.
No hacía nada descarado. Simplemente me arreglaba un poco más cuando sabía que vendría, dejaba algún botón abierto y prolongaba conversaciones completamente innecesarias en la cocina.
—Mi hija tiene suerte contigo —le dije una tarde.
—Yo tengo suerte con ella.
La respuesta debería haberme tranquilizado.
En cambio me molestó.
Aquella misma semana Elena me regaló un pañuelo de seda porque, según dijo, combinaba mejor conmigo que con cualquiera de sus nueras.
Cuando Daniel me vio usándolo, sonrió.
—Mi abuela ya te adoptó.
Yo devolví la sonrisa.
Todavía no sabía cuánto quería que esa familia me adoptara realmente.
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La primera vez que pensé seriamente en la herencia fue por culpa de Elena, aunque reconozco que después desarrollé el pensamiento con bastante entusiasmo por mi cuenta.
Estábamos tomando café cuando comenzó a quejarse de una hija que llevaba semanas sin visitarla y acababa de llamar únicamente para preguntarle por una propiedad.
—El día que me muera van a aparecer todos vestidos de negro fingiendo que están destrozados —dijo—. Pero vivos no sirven para nada.
Intenté hacerme la desinteresada.
—No piense en esas cosas.
—Tengo ochenta y cuatro años. ¿En qué quieres que piense, en aprender francés?
Después me preguntó si yo tenía casa propia.
Le dije que no.
Preguntó por mis ahorros.
Le respondí que prácticamente tampoco.
Elena suspiró como si aquello fuera una injusticia personal.
—Una mujer que me cuida mejor que mis propios hijos debería recibir algo.
No pregunté cuánto.
Pero aquella noche hice cálculos.
No conocía su patrimonio exacto, aunque bastaba mirar la casa, los cuadros y los automóviles familiares para entender que incluso una porción pequeña podía cambiar completamente mi vida.
Al día siguiente fui especialmente amable.
No porque quisiera manipularla, me dije.
Simplemente porque después de meses cuidándola ya le tenía cariño.
Daniel apareció mientras yo la ayudaba a probarse una chaqueta y se quedó observándome desde la puerta con aquella mirada demasiado prolongada que ya empezaba a reconocer.
—Te ves diferente aquí —me dijo cuando quedamos solos.
—¿Mejor o peor?
—Más peligrosa.
Me reí.
Podría haber terminado la conversación.
En cambio me acerqué un poco más y pregunté:
—¿Y eso te molesta?
Daniel tardó demasiado en responder.
Mi hija seguía creyendo que todo funcionaba maravillosamente, lo cual a veces me hacía pensar que la inocencia puede convertirse en una forma bastante irritante de estupidez.
Me preguntaba por Elena, celebraba que la señora estuviera encariñándose conmigo y hasta me agradecía haber mejorado el humor de la familia de su novio.
Yo aceptaba los agradecimientos.
Tampoco iba a explicarle que parte de mi buen humor tenía ojos oscuros, treinta y tantos años y la costumbre de quedarse conversando conmigo cuando ella no estaba.
Daniel nunca cruzaba una línea evidente.
Yo sí empecé a empujarla.
Le rozaba el brazo al pasar, le preguntaba por su relación y dejaba comentarios que podían interpretarse de dos maneras, procurando siempre que él tuviera la oportunidad de fingir que no entendía.
Una tarde Elena se quedó dormida y Daniel entró en la cocina mientras yo ordenaba unas cajas de medicamentos.
—Te estás aprovechando de que mi abuela te quiere —dijo sonriendo.
—¿Y tú de qué te estás aprovechando?
La sonrisa desapareció lentamente.
Nos quedamos demasiado cerca.
Daniel miró hacia el pasillo antes de volver a mirarme.
—No hagas esto.
—¿Hacer qué?
—Exactamente eso.
Me alejé como si realmente no supiera de qué hablaba.
Dos horas después mi hija llegó a buscarlo y me abrazó antes de irse.
—Gracias por cuidar tanto a la abuela.
Daniel estaba detrás de ella.
Mientras mi hija seguía abrazándome, él y yo nos miramos por encima de su hombro.
Y aquella vez ninguno fingió que no estaba ocurriendo nada.
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Elena empezó a regalarme cosas pequeñas que rápidamente dejaron de ser tan pequeñas, aunque yo seguía rechazándolas dos veces antes de aceptar, principalmente porque eso parecía hacerla todavía más insistente.
Primero fue ropa.
Después un perfume caro.
Luego dinero para comprarme un teléfono porque, según ella, el mío era una vergüenza y necesitaba poder localizarme cuando quisiera.
Yo decía que no correspondía.
Ella decía que podía gastar su dinero como le diera la gana.
Finalmente aprendí a dejarla ganar.
También empecé a filtrar sus llamadas.
Algunos familiares llamaban cuando ella estaba descansando y yo decidía que no valía la pena despertarla. Otros aparecían sin avisar y yo explicaba que había tenido una mala noche.
No considero que estuviera aislándola.
Simplemente protegía su tranquilidad.
Que esa tranquilidad coincidiera exactamente con que pasara más tiempo conmigo era una casualidad conveniente.
Daniel empezó a traerme regalos también, casi siempre con alguna excusa relacionada con su abuela.
Una tarde dejó sobre la mesa una caja con una blusa bastante cara.
—Ella pidió que te la comprara.
—¿Y eligió ella esto?
—Yo ayudé.
Me acerqué.
—Entonces gracias a los dos.
Daniel me sujetó suavemente del brazo antes de que pudiera pasar.
Ninguno habló.
Su mano permaneció allí varios segundos.
Después me soltó.
Aquella noche Elena me preguntó si estaría dispuesta a acompañarla con un abogado la semana siguiente.
—Quiero cambiar algunas cosas de mi testamento.
Intenté mantener una expresión normal.
No funcionó del todo.
Porque por primera vez comprendí que aquello que había empezado como una fantasía estaba a punto de convertirse en dinero real.
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El abogado llegó a la casa un martes por la mañana y pasó casi dos horas encerrado con Elena mientras yo preparaba café, fingiendo que no intentaba escuchar cada movimiento detrás de aquella puerta.
Cuando finalmente salió, Daniel estaba entrando.
Elena pidió hablar conmigo a solas.
Me explicó que había decidido dejarme una suma importante y el derecho a permanecer varios años en uno de sus departamentos si alguna vez necesitaba vivienda.
La abracé.
Incluso lloré.
Las lágrimas eran reales.
Lo que nunca he conseguido determinar es exactamente qué parte correspondía al cariño y qué parte al alivio de saber que acababa de asegurarme una vida distinta.
Después empecé a pensar algo horrible.
Elena todavía podía cambiar de opinión.
Podía reconciliarse con sus hijos, escuchar acusaciones contra mí o simplemente vivir diez años más y consumir lentamente una parte importante de su patrimonio.
No deseaba que muriera.
Eso sería monstruoso.
Pero empecé a calcular qué ocurriría cuando sucediera.
Daniel me encontró sola en la cocina y supo inmediatamente que algo había pasado.
—¿Te dejó algo?
—No debería contártelo.
—Entonces sí.
Su sonrisa me produjo una mezcla de orgullo y deseo.
Le conté una parte.
No toda.
Daniel se acercó y me abrazó como felicitándome, pero tardó demasiado en soltarme. Yo tampoco hice ningún esfuerzo por separarme.
Fue entonces cuando escuchamos las llaves de mi hija entrando por la puerta principal.
Daniel retrocedió.
Yo acomodé mi ropa.
Y salimos a recibirla como si absolutamente nada hubiera ocurrido.
Mi hija empezó a notar cambios varias semanas después, aunque sospechaba de la persona equivocada. Pensaba que los hijos de Elena estaban intentando apartarme porque temían perder parte de la herencia.
—No dejes que te pasen por encima —me decía—. La abuela te quiere muchísimo.
Yo agradecía aquellos consejos.
Después iba a esconder llamadas de precisamente esas mismas personas.
Una tarde, uno de los hijos de Elena apareció sin avisar y exigió verla. Le dije que estaba durmiendo, aunque se encontraba perfectamente despierta viendo televisión.
El hombre intentó pasar.
No lo dejé.
Daniel llegó durante la discusión y se puso de mi lado.
Aquello empeoró todo.
—¿Desde cuándo esta mujer decide quién puede ver a mi madre? —preguntó.
Daniel respondió:
—Desde que es la única que está aquí todos los días.
Nunca había sentido algo semejante.
Él estaba defendiendo mi lugar dentro de su familia.
Más tarde lo encontré en la cocina y le agradecí.
—No fue por ti —dijo.
—Mentiroso.
Daniel sonrió.
Esta vez fui yo quien le tocó la cara.
No nos besamos.
Todavía.
Pero él cerró los ojos durante un instante y apoyó la frente contra la mía.
Aquella noche mi hija llamó emocionada porque estaba pensando mudarse con Daniel.
Me habló de hijos.
De matrimonio.
De su futuro.
Yo la escuché durante veinte minutos mientras miraba el pañuelo que su futura abuela política me había regalado y pensaba en el hombre que quizá terminaría convirtiéndose formalmente en mi yerno.
Y descubrí que la idea no me frenaba.
Me excitaba todavía más.
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Elena enfermó a finales de aquel mes.
No fue grave, pero durante varios días permaneció débil y necesitó más ayuda para levantarse, comer y controlar sus medicamentos.
Su familia comenzó a visitar la casa con frecuencia.
Yo los observaba llegar con flores, frutas y expresiones preocupadas, preguntándome cuántos estaban realmente asustados por perderla y cuántos simplemente recordaban repentinamente el testamento.
Supongo que ellos pensaban exactamente lo mismo de mí.
Tal vez tenían razón.
Mi hija fue una de las que más ayudó.
Una tarde salió a comprar medicamentos mientras Daniel permanecía conmigo en la cocina y Elena dormía en la habitación contigua.
Yo estaba cansada.
Él también.
Durante varios minutos no dijimos nada.
Entonces Daniel se acercó.
—Esto se está saliendo de control.
—Tú también puedes irte.
—Sabes que no estoy hablando de mi abuela.
Lo miré.
—Entonces no hables.
Fue una cobardía.
También fue una invitación.
Daniel levantó una mano y me acarició la mejilla. Yo pensé en mi hija caminando por una farmacia buscando medicamentos para una anciana que me había abierto su casa.
Pensé en todo lo que aquella familia me había dado.
Después pensé en lo mucho que deseaba besarlo.
Así que lo hice.
Fue un beso breve, simple y completamente imperdonable.
Cuando nos separamos, ninguno parecía arrepentido.
Escuchamos la puerta principal abrirse.
Mi hija había vuelto.
Daniel salió primero para recibirla.
Yo me quedé en la cocina arreglándome el cabello mientras oía cómo ella lo besaba y preguntaba por mí.
Entonces comprendí algo bastante desagradable.
Ya no sabía si estaba esperando que Elena muriera para quedarme con una parte de su fortuna.
O si simplemente había empezado a esperar que todos se apartaran para poder quedarme también con su nieto.
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