MI VECINA ME PAGABA PARA CUIDAR SU DEPARTAMENTO… Y TERMINÉ INVENTÁNDOME UNA VIDA ENTERA PARA ENAMORAR A UN HOMBRE MÁS JOVEN
Cuando Marcela me entregó las llaves de su departamento pensé que estaba cometiendo un error, aunque probablemente no por las razones que cualquiera consideraría normales.
Ella viajaría tres meses por trabajo y necesitaba que alguien regara las plantas, recibiera paquetes y verificara que ninguna cañería decidiera arruinarle el piso mientras estaba fuera.
Me pagaría por hacerlo.
Yo vivía cuatro pisos más abajo, en un departamento bastante más pequeño, con muebles comprados por partes y una cocina donde dos personas juntas ya constituían una emergencia logística.
Marcela, en cambio, tenía ventanales enormes, madera clara, plantas perfectamente cuidadas y ese tipo de sofá donde hasta sentarse parecía una demostración de estabilidad económica.
—Puedes venir cuando quieras —me dijo mientras dejaba las llaves sobre mi mano—. Solo no mates las plantas.
—Voy a cuidar esto mejor que tú.
Se rio.
Yo también.
Lo cierto es que desde la primera tarde disfruté demasiado estar allí.
Preparé café en una máquina que costaba probablemente lo mismo que mi refrigerador, me se frente a los ventanales y permanecí casi dos horas mirando una ciudad que también era la mía, pero desde una altura que la hacía parecer bastante más elegante.
Antes de marcharme entré al dormitorio.
Vi sus vestidos, sus zapatos y un armario tan organizado que parecía pertenecerle a alguien que jamás había tomado una mala decisión.
Entonces encontré un vestido negro.
Me lo puse solamente para comprobar cómo me quedaba.
Y cuando me vi frente al espejo, por primera vez pensé que quizá podía quedarme un poco más.
Al principio seguí respetando ciertos límites porque todavía necesitaba convencerme de que aquello era simplemente una extravagancia inofensiva de una mujer aburrida.
Tomaba café ahí, regaba las plantas y después regresaba a mi departamento, aunque cada día demoraba un poco más en convencerme de bajar esos cuatro pisos.
Después empecé a bañarme allí.
La ducha tenía mejor presión, las toallas eran más suaves y Marcela guardaba perfumes caros que yo utilizaba con una prudencia ridícula, como si una sola pulverización pudiera delatarme.
Una tarde me puse nuevamente el vestido negro.
Después otro.
Empecé a dejar una bolsa con maquillaje dentro del baño y una muda de ropa escondida detrás de unas cajas, detalle que debería haberme parecido bastante revelador.
Fue precisamente con una blusa de Marcela cuando conocí a Gabriel.
Estaba entrando al ascensor y él sostuvo la puerta para que yo alcanzara. Tendría unos treinta y tantos, bastante menos que yo, con cabello oscuro y esa apariencia informal de hombre que todavía podía vestirse con camiseta y seguir pareciendo arreglado.
—¿Tú eres la del 1204? —preguntó.
Podría haber contestado que estaba cuidándolo.
Era una frase.
Cinco segundos.
No lo hice.
—Sí.
Gabriel sonrió.
—Entonces somos vecinos.
Vivía dos puertas más allá.
Durante el trayecto me preguntó cuánto llevaba allí y yo respondí que algunos meses, aunque llevaba casi diez años viviendo cuatro pisos debajo.
Cuando salí del ascensor, sentí esa pequeña descarga que aparece después de una mentira innecesaria.
Pero Gabriel me miró una última vez antes de entrar a su departamento.
Y decidí que había valido completamente la pena.
La segunda vez que Gabriel me encontró yo ya había preparado una versión mejor de mí misma, porque mentir improvisando resulta cansador cuando puedes organizar previamente los detalles.
Le dije que trabajaba asesorando empresas de manera independiente, lo suficientemente ambiguo para que sonara importante sin obligarme a explicar demasiado sobre algo que evidentemente no hacía.
Le dije también que viajaba bastante.
Eso explicaba por qué supuestamente nunca me había visto antes.
Cuando preguntó si el departamento era mío, asentí mientras abría la puerta con las llaves de otra mujer y experimenté una satisfacción bastante difícil de justificar.
—Bonito lugar.
—Me costó años dejarlo como quería.
Aquella frase fue especialmente descarada porque prácticamente ni siquiera había elegido el florero que estaba mirando mientras la decía.
Gabriel entró solamente porque yo aseguré que tenía una botella de vino abierta y porque ninguno de los dos fingía demasiado bien que aquello fuera una visita inocente.
Nos sentamos en el sofá de Marcela.
Bebimos su vino.
Yo llevaba sus pendientes.
Mientras Gabriel hablaba, me descubrí apoyando una mano sobre el respaldo y observándolo con una seguridad que jamás tenía dentro de mi verdadero departamento.
Aquella casa me hacía sentir más interesante.
Más rica.
Más deseable.
—No pareces de las que invitan desconocidos a beber vino —dijo.
—No suelo hacerlo.
Otra mentira.
No porque invitara hombres habitualmente, sino porque ya había mentido tanto aquella noche que responder sinceramente empezaba a parecerme casi una falta de coherencia.
Cuando se acercó para besarme, no pensé en Marcela.
Pensé únicamente que aquella vida prestada acababa de funcionar mucho mejor que la verdadera.
Después del primer beso tuve una oportunidad perfecta para contarle todo, pero me pareció absurdo estropear algo que estaba funcionando únicamente por un detalle administrativo.
Eso fue exactamente como empecé a llamarlo en mi cabeza.
Un detalle administrativo.
Gabriel comenzó a visitarme varias noches por semana. Yo calculaba sus horarios, subía antes, encendía luces y dejaba alguna copa preparada para que el departamento pareciera habitado naturalmente.
Incluso aprendí dónde guardaba Marcela las velas.
Una noche cenamos junto a los ventanales mientras la ciudad se encendía abajo. Gabriel llevó comida, yo abrí otra botella del mueble bar y estuvimos hablando durante horas.
—Tienes una vida bastante buena —me dijo.
—Me ha costado.
Casi me dio risa.
En realidad, lo que me había costado era memorizar qué objetos podía usar sin que Marcela notara cambios cuando regresara.
Gabriel me contaba sus proyectos, sus viajes y sus relaciones anteriores. Yo respondía construyendo recuerdos falsos con una facilidad que comenzó a preocuparme solamente cuando dejaba de estar con él.
Inventé un exmarido extranjero.
Un trabajo anterior en publicidad.
Un viaje de seis meses que jamás hice.
También exageré mis ingresos porque me encantaba cómo me miraba cuando suponía que yo había conseguido todo aquello sola.
Lo más peligroso fue comprobar que no necesitaba aquellas mentiras para acostarme con él.
Gabriel ya estaba interesado.
Sin embargo, yo seguí agregándolas porque disfrutaba demasiado la mujer que aparecía cuando él me miraba.
Y cuando una noche me dijo que admiraba mi independencia, tuve que esconder la sonrisa.
Porque en ese preciso momento yo llevaba puesto hasta el suéter de mi vecina.
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La mentira empezó a regalarme cosas que mi vida verdadera nunca me había ofrecido, y por eso dejé de preguntarme cuándo debía detenerme.
Gabriel comenzó a dejar ropa en el departamento.
Primero una camiseta.
Después artículos de baño.
Incluso compró una botella de vino que guardamos para una ocasión especial, como si ya existiera un futuro dentro de aquella casa.
Yo también empecé a transformar pequeñas cosas.
Moví un sillón.
Cambié fotografías de lugar.
Guardé algunas pertenencias de Marcela dentro de cajones para que Gabriel no preguntara quién era la mujer que aparecía en ciertas imágenes familiares.
Recibía paquetes usando aquella dirección.
Compré ropa nueva y empecé a recibirla allí, porque abrir cajas dentro del departamento completaba perfectamente la fantasía de que aquella vida me pertenecía.
Una mañana Gabriel llegó sin avisar.
Yo estaba en mi departamento verdadero.
Subí corriendo por las escaleras, entré al 1204 por la puerta de servicio y fingí haber salido de la ducha cuando él llamó.
—¿Por qué tardaste tanto?
—Estaba arreglándome.
Me besó.
Problema resuelto.
Aquello debería haberme producido miedo.
En cambio, sentí una excitación absurda al comprobar lo fácil que era sostenerlo todo.
Empecé incluso a imaginar que Marcela podría prolongar su viaje.
Tal vez seis meses.
Tal vez un año.
Mi pensamiento llegó a ser tan insolente que algunas noches me molestaba recordar que eventualmente aquella mujer tenía derecho a regresar a su propia casa.
Entonces ocurrió algo todavía peor.
Gabriel comenzó a hablar de vivir juntos.
Y en lugar de confesarle que yo ya vivía cuatro pisos más abajo, empecé a considerar seriamente cómo mantener la mentira.
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Para entonces yo ya no cuidaba el departamento.
Lo ocupaba.
Había desplazado ropa de Marcela hacia el fondo del armario, utilizaba su vajilla diariamente y guardaba mis productos en el baño como si hubiera firmado una escritura.
Hasta el portero empezó a tratarme como residente del piso doce porque yo entraba y salía tantas veces que dejó de hacer preguntas.
Gabriel estaba completamente convencido.
Una tarde llegó con flores y me encontró usando una camiseta blanca de Marcela y pantalones cómodos, exactamente igual que cualquier mujer descansando tranquilamente dentro de su propia casa.
—Me gusta verte así —dijo—. Cuando no estás tratando de impresionar a nadie.
Estuve a punto de reír.
Literalmente todo lo que estaba viendo había sido organizado para impresionarlo.
Esa noche le conté que quizá vendería el departamento.
No tenía ninguna razón para hacerlo.
Simplemente quería saber cómo reaccionaría.
—Entonces busca algo conmigo.
Sentí un golpe de satisfacción tan grande que inmediatamente olvidé la magnitud del problema.
Gabriel quería una vida conmigo.
La mujer inventada había ganado.
Dos días después recibí un mensaje de Marcela.
“Cambio de planes. Regreso el viernes. Te aviso la hora cuando compre el vuelo.”
Me quedé mirando la pantalla durante varios minutos.
Era martes.
Tenía tres días para borrar meses de ocupación, retirar mis cosas, esconder las pertenencias de Gabriel y conseguir que él dejara de aparecer sin levantar sospechas.
Entonces llegó otro mensaje.
Esta vez era de Gabriel.
“Compré algo para celebrar. Paso el viernes después del trabajo.”
Ambos llegarían el mismo día.
Y yo todavía pensaba que podía arreglarlo.
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Pasé tres días limpiando rastros con una eficiencia que habría sido admirable si estuviera dedicada a una actividad menos miserable.
Guardé mis cosas, devolví vestidos, fotografié muebles para recordar sus posiciones originales y retiré del baño cualquier objeto que pudiera revelar una presencia ajena.
A Gabriel le dije que viajaría por trabajo.
—¿El viernes?
—Sí.
—Pero dijiste que cenaríamos.
—Cambió todo.
Pareció decepcionado, aunque aceptó.
Marcela aterrizaría por la tarde. Mi plan consistía en entregarle las llaves, desaparecer unos días y después explicarle a Gabriel que supuestamente había vendido el departamento repentinamente.
Era una mentira gigantesca.
A esas alturas ya no me parecía particularmente excepcional.
El viernes terminé de ordenar cerca del mediodía y bajé a mi departamento sintiéndome extrañamente orgullosa de haber borrado una vida entera.
A las cinco subí nuevamente para esperar a Marcela.
Entonces tocaron el timbre.
Era Gabriel.
Llevaba una caja de pasteles y una botella.
—Pensé que podía despedirme antes de que viajaras.
Se me congeló el cuerpo.
No podía dejarlo en el pasillo porque Marcela podía llegar en cualquier momento, así que lo hice entrar con la intención de sacarlo cinco minutos después.
No alcancé.
Escuchamos una llave girar desde afuera.
La puerta se abrió.
Marcela entró arrastrando una maleta y se quedó mirando primero a Gabriel, después la botella y finalmente a mí.
—¿Quién es él?
Gabriel sonrió incómodo.
—Soy Gabriel. Vivo al lado.
Marcela frunció el ceño.
—¿Y qué haces dentro de mi departamento?
El silencio fue tan brutal que incluso yo comprendí que aquella vez ninguna mentira rápida iba a salvarme.
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Gabriel no gritó.
Eso fue peor.
Escuchó a Marcela explicar que yo vivía cuatro pisos abajo, que solamente tenía las llaves para cuidar las plantas y que jamás había comprado aquel departamento ni trabajado en ninguna asesoría importante.
Cada frase arrancaba una parte distinta de la mujer que yo había construido frente a él.
Marcela estaba furiosa.
Gabriel simplemente parecía humillado.
—¿Algo de lo que me contaste era verdad?
Me costó responder porque, si era completamente sincera, la lista resultaba bastante corta.
—Mi nombre.
Marcela me miró horrorizada.
Probablemente no era el momento para hacer bromas.
Gabriel dejó la botella sobre la mesa y se marchó.
Durante los días siguientes me escribió únicamente para pedirme que le devolviera algunas cosas. Marcela cambió la cerradura y, sorprendentemente, decidió no denunciarme después de que yo pagara varios objetos que había utilizado o dañado.
Perdí aquella casa.
También perdí la versión de mí misma que existía dentro de ella.
Creí que perdería a Gabriel.
Dos semanas después llamó a mi verdadera puerta.
Cuando abrí, miró mi departamento pequeño, mis muebles baratos y la cocina estrecha que yo había intentado esconder durante meses.
—Así que aquí vives.
—Decepcionante, ¿no?
—Bastante.
Lo dijo sonriendo.
Después entró.
Hablamos hasta la madrugada. Le conté finalmente lo poco glamorosa que era mi vida y admití que había seguido mintiendo porque me gustaba demasiado cómo me miraba.
Gabriel permaneció en silencio durante mucho tiempo.
Después me besó.
Y probablemente ahí está la parte que más rabia daría si yo estuviera escuchando esta historia desde afuera.
Porque mentí, manipulé, ocupé una casa ajena y convertí a otra persona en utilería para seducirlo.
Y aun así, al final, él decidió quedarse conmigo.
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