TRABAJABA EN UNA FUNERARIA Y TERMINÉ ENAMORÁNDOME DEL VIUDO DE UNA MUJER CUYO ENTIERRO YO MISMA ORGANICÉ


La primera vez que vi a Julián estaba sentado frente a mi escritorio con una fotografía de su esposa muerta entre las manos y una expresión que parecía demasiado serena para el desastre que acababa de vivir.

Yo llevaba doce años trabajando en funerarias y había aprendido a reconocer el dolor verdadero, el fingido y ese dolor extraño que se mezcla con culpa, cansancio y una necesidad desesperada de que todo termine rápido.

Julián tenía poco más de cincuenta, el cabello gris, una voz baja y unas manos grandes que apretaban los formularios como si fueran lo único capaz de mantenerlo sentado en aquella silla.

Mientras le explicaba las opciones del ataúd, las flores y el traslado, me descubrí mirándolo más de lo necesario. No era solamente atractivo; tenía esa clase de tristeza elegante que vuelve peligroso compadecerse demasiado.

—Perdón —dijo—. No estoy entendiendo nada de lo que me dices.

Me incliné sobre el escritorio para señalarle cada documento y sentí su mirada detenerse un segundo más de lo correcto sobre mi rostro antes de bajar nuevamente hacia los papeles.

—No tienes que entenderlo todo hoy. Para eso estoy yo.

Sus ojos volvieron a encontrar los míos.

—Gracias. De verdad.

Yo estaba casada, tenía un hijo adolescente y una vida bastante estable. Nada en aquel hombre debería haber significado otra cosa que un expediente especialmente delicado.

Sin embargo, cuando terminó el funeral y todos se retiraron, Julián volvió solo hasta mi oficina para agradecerme.

Antes de marcharse dejó una tarjeta sobre el escritorio.

En la parte de atrás había escrito su número personal.


No lo llamé.

Durante dos semanas la tarjeta permaneció dentro de un cajón, debajo de facturas y certificados, mientras yo me repetía que guardar el número de un viudo reciente no tenía absolutamente ningún sentido.

Entonces Julián regresó.

Dijo que necesitaba una copia del certificado de cremación, aunque podría haber pedido el documento por correo. Llegó mejor vestido, menos destruido, y por primera vez pude observarlo sin una familia llorando alrededor.

—Pensé que no volvería a verte —dijo.

—Eso suele ser una buena noticia cuando trabajas donde trabajo yo.

Se rio por primera vez.

Aquella risa me sorprendió porque transformó completamente su cara. Durante unos segundos dejó de parecer un viudo y se convirtió simplemente en un hombre sentado frente a una mujer que le gustaba.

La conversación debería haber terminado cuando le entregué el documento, pero seguimos hablando casi cuarenta minutos. Me contó que vivía solo en una casa frente al mar, construida sobre rocas negras donde el oleaje golpeaba incluso durante las noches tranquilas.

Yo le hablé de mi hijo, de mi marido y de esa sensación de trabajar siempre cerca de familias que recuerdan demasiado tarde cuánto querían a alguien.

Julián escuchaba sin interrumpirme.

Antes de irse preguntó si podía invitarme un café algún día.

—No creo que sea buena idea.

—Probablemente no.

La forma en que lo dijo me dejó pensando durante horas.

Tres días después apareció nuevamente en la funeraria.

Esta vez no necesitaba ningún documento.

Y yo ya sabía perfectamente por qué había venido.

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Empezamos tomando café en un local cercano, siempre durante mi hora de almuerzo y siempre bajo la excusa de que él necesitaba conversar con alguien que hubiera conocido aquella última etapa de su esposa.

Al principio hablábamos de ella.

Después empezamos a hablar de nosotros.

Julián me contó que su matrimonio llevaba años destruido. Dormían en habitaciones separadas, apenas compartían comidas y su esposa había consultado a un abogado porque estaba pensando pedirle la separación.

—Mi familia política no sabe nada —dijo—. Para ellos nosotros éramos perfectos.

—¿Y por qué no les contaste?

—Porque ahora está muerta. ¿Qué sentido tendría ensuciarles el recuerdo?

Aquella respuesta me conmovió más de lo que debería, quizá porque lo hacía parecer noble incluso mientras describía un matrimonio completamente muerto.

Después me contó algo peor.

Su esposa había tenido una relación con otro hombre durante casi un año.

Julián lo sabía.

También sabía quién era.

Nunca la enfrentó porque, según él, para entonces ambos se habían hecho suficiente daño y simplemente esperaban el momento de terminar aquello de una manera civilizada.

Mientras hablaba, yo sentía una mezcla indecente de compasión y alivio. La mujer del retrato empezaba a convertirse lentamente en alguien menos sagrado, menos intocable.

Eso facilitaba demasiado las cosas.

Cuando nos despedimos aquella tarde, Julián me tomó suavemente de la muñeca antes de que cruzara la calle.

—No quiero que pienses que estoy intentando reemplazarla.

—No pienso eso.

Mentí.

Porque yo ya estaba empezando a preguntarme cómo sería ocupar el lugar que ella había dejado vacío.

Y esa noche soñé con la casa sobre las rocas.


La primera vez que fui a su casa le dije a mi marido que tenía que acompañar a una familia a resolver un problema con unos documentos atrasados.

La mentira salió con una facilidad que me asustó menos de lo que debería.

Julián vivía en una casa amplia, blanca y silenciosa, construida sobre una pendiente desde donde el océano parecía golpear directamente contra las ventanas. Todo olía a madera, vino y sal.

Había fotografías de su esposa en distintos rincones.

Eso debería haberme frenado.

En cambio, me produjo una curiosidad extraña, casi competitiva, como si aquella mujer muerta continuara ocupando un espacio que yo todavía no tenía derecho a tocar.

Julián abrió una botella de vino y nos sentamos frente al ventanal.

Hablamos durante horas.

En algún momento mi mano quedó apoyada cerca de la suya y ninguno hizo ningún esfuerzo por aumentar la distancia. Él terminó rozándome los dedos con una delicadeza que volvió completamente inútiles todas mis excusas.

—Estás casada —dijo.

—Lo sé.

—Y yo enterré a mi esposa hace menos de dos meses.

—También lo sé.

Nos quedamos mirándonos.

No hubo beso.

Eso hizo todo peor.

Cuando me levanté para marcharme, Julián me acompañó hasta la puerta y apoyó una mano en mi cintura durante apenas unos segundos, suficientes para dejarme completamente alterada durante el viaje de regreso.

Mi marido estaba viendo televisión cuando llegué.

Mi hijo hacía tareas en la mesa.

Los miré a ambos y sentí culpa.

Pero debajo de la culpa había algo mucho más fuerte.

Ya estaba esperando que Julián volviera a escribirme.

Y lo hizo antes de que terminara aquella misma noche.


Nuestra relación empezó sin una fecha precisa, porque durante semanas todo se sostuvo sobre gestos que todavía podían explicarse de otra manera.

Una mano demasiado cerca.

Una cena demasiado larga.

Una conversación a medianoche.

Después llegó el primer beso.

Ocurrió en la cocina de su casa mientras afuera el mar golpeaba las rocas con tanta fuerza que apenas escuchábamos la lluvia contra los ventanales.

Julián había preparado comida y yo llevaba un vestido negro que jamás habría usado para visitar simplemente a un amigo. Ambos sabíamos exactamente qué estaba pasando mucho antes de admitirlo.

Cuando me besó, no pensé en su esposa.

Tampoco pensé en mi marido.

Esa ausencia de culpa inmediata fue probablemente lo más miserable de todo.

Después seguimos viéndonos cada semana.

Yo inventaba turnos, reuniones y familias complicadas. Julián aprendió exactamente a qué horas podía llamarme y cuándo debía desaparecer por completo de mi teléfono.

Mientras tanto, los padres de su esposa seguían viniendo a la funeraria.

Habían pagado el servicio en cuotas y una vez al mes aparecía su madre con un sobre, agradeciéndome todavía por lo bien que habíamos tratado a “su pobre yerno”.

Yo recibía el dinero mirándola a los ojos.

Después, algunas tardes, conducía directamente desde la funeraria hasta la casa de Julián.

Ese contraste empezó a excitarme de una manera que me daba vergüenza reconocer.

Lo peor ocurrió cuando la madre de la fallecida me tomó las manos y dijo:

—Menos mal que Julián quedó rodeado de buena gente.

Yo sonreí.

Esa misma noche dormí en su casa por primera vez.

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Mi marido empezó a sospechar cuando dejé de esforzarme por parecer cansada.

Durante años yo había llegado a casa agotada, hablando de funerales, cuentas y familias imposibles. De pronto volvía tarde, pero demasiado animada para alguien que supuestamente trabajaba horas extras.

Una noche me preguntó directamente si había otro hombre.

Lo negué.

No dudé ni un segundo.

Al día siguiente fui a ver a Julián y le conté lo ocurrido. Esperaba que se preocupara, pero solamente sirvió dos copas de vino y me observó desde el otro extremo del sofá.

—Puedes dejar de venir —dijo.

La posibilidad me produjo más miedo que ser descubierta.

Me acerqué hasta sentarme junto a él.

—No quiero dejar de venir.

Julián me acarició la cara con una ternura que en otro contexto habría parecido hermosa. En el nuestro era simplemente otra forma de hacerme olvidar qué estaba perdiendo.

Fue entonces cuando empezó a hablar de irnos juntos.

No inmediatamente.

Pero pronto.

Me dijo que quería vender parte de sus negocios, ordenar sus cuentas y pasar temporadas fuera. La casa seguiría siendo su base, pero él ya no quería vivir allí rodeado de recuerdos.

Yo escuchaba sin interrumpirlo.

La idea de abandonar mi vida empezó a parecer menos absurda cada vez que la repetía.

Hasta que una tarde mi hijo encontró un mensaje de Julián en mi teléfono.

No decía nada explícito.

Solamente:

“¿Cuándo vuelves a casa?”

Mi hijo me mostró la pantalla.

—¿Qué significa esto?

Y por primera vez comprendí que quizá ya no tenía forma de mantener separadas mis dos vidas.

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La discusión con mi marido duró toda la noche.

Primero negué.

Después minimicé.

Finalmente admití que existía alguien, aunque intenté presentar la relación como algo reciente, confuso y menos importante de lo que realmente era.

Mi hijo escuchaba desde su habitación.

Eso debería haberme destruido.

En cambio, parte de mí solamente quería que aquella conversación terminara para poder llamar a Julián.

Mi marido me preguntó quién era.

Cuando se lo dije, reconoció inmediatamente el nombre.

—¿El viudo de ese funeral?

No respondí.

Su cara cambió.

Ya no era solamente dolor. Era incredulidad.

—¿Te estás acostando con un hombre cuyo matrimonio conociste porque enterraste a su esposa?

La frase sonó mucho peor dicha en voz alta.

Me fui de la casa esa misma noche y conduje hasta la costa.

Julián abrió la puerta todavía vestido con ropa de trabajo. Cuando vio mi maleta, entendió todo antes de que yo dijera una palabra.

—¿Estás segura?

No lo estaba.

Pero asentí.

Durante los días siguientes mi hijo dejó de responder mis mensajes. Mi marido solamente escribió para organizar cuestiones prácticas, y cada conversación parecía diseñada para recordarme exactamente lo que había hecho.

También ocurrió algo inesperado.

La hermana de la fallecida apareció una mañana en la funeraria preguntando por mí.

Había descubierto nuestra relación.

No sabía desde cuándo había empezado.

Pero estaba convencida de que había comenzado antes del funeral.

Y estaba dispuesta a contárselo a toda la familia.


Perdí el trabajo pocas semanas después.

No porque pudieran demostrar que nuestra relación hubiera empezado antes del funeral, sino porque la situación resultó demasiado escandalosa para una empresa cuya reputación dependía precisamente de la confianza.

Mi marido inició la separación.

Mi hijo continuó sin querer verme.

La familia de la mujer fallecida dejó de pagar las últimas cuotas durante un tiempo y amenazó con demandar a la funeraria, convencida de que yo había cruzado límites profesionales desde el comienzo.

Julián pagó personalmente lo que faltaba.

Después dejó de hablar del asunto.

Nos instalamos juntos en la casa frente al mar, esa misma casa que meses atrás había imaginado desde mi escritorio como una fantasía absurda.

Una tarde llegué con la última maleta.

El cielo estaba naranja, las rocas brillaban húmedas y el océano golpeaba debajo de nosotros mientras Julián esperaba junto a la puerta.

Dejé la maleta en el suelo.

Él me tomó por la cintura.

Lo besé antes de que pudiera decir nada.

Durante aquellos segundos no pensé en mi marido, ni en mi hijo, ni en la mujer cuyo retrato todavía permanecía guardado dentro de una caja en alguna habitación.

Había perdido mi trabajo, mi matrimonio y probablemente una parte importante de mi relación con mi hijo por un hombre que había conocido organizando el entierro de su esposa.

Cualquier persona sensata habría llamado a aquello una destrucción.

Yo lo llamé elección.

Y todavía hoy, cuando escucho el mar golpear contra las rocas mientras Julián duerme a mi lado, existe una verdad que no me atrevo a contarle a nadie.

No me arrepiento tanto como debería.

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