Si mi marido hubiera sabido comprar un auto usado como una persona medianamente inteligente, probablemente nada de esto habría ocurrido. Pero él siempre tuvo esa costumbre irritante de confiar demasiado rápido en cualquiera que le sonriera y le dijera exactamente lo que quería escuchar.
El automóvil era viejo, barato y bastante feo, aunque mi marido estaba feliz porque aseguraba haber encontrado “la oportunidad del año”. Yo solamente vi pintura opaca, óxido debajo de las puertas y un motor que sonaba como si estuviera pidiendo descanso.
El antiguo dueño se llamaba Esteban.
Era un hombre mayor que nosotros, de manos enormes, bigote oscuro y ropa siempre manchada con grasa. No tenía nada de elegante, pero había algo en su manera de mirar que me incomodó desde el primer momento.
Mi marido, en cambio, quedó encantado con él.
—El hombre sabe de autos —me dijo después de estrecharle la mano—. Además se nota que es derecho.
Yo tuve que contener la risa.
Dos semanas después el auto empezó a fallar.
Primero fue un ruido.
Después una pérdida de aceite.
Finalmente se apagó en medio de una avenida y tuvimos que empujarlo mientras yo recordaba, con bastante satisfacción, que había dicho desde el comienzo que aquella compra era una estupidez.
Mi marido llamó a Esteban.
Él apareció una hora después con herramientas, se metió debajo del capó y arregló provisionalmente el problema sin cobrar nada.
Cuando terminó, me miró directamente.
—Te dije que todavía tenía vida.
Yo no recuerdo que me lo hubiera dicho.
Pero tampoco le corregí.
Esteban empezó a aparecer con una frecuencia que habría resultado sospechosa para cualquier marido menos para el mío, que parecía encantado de haber comprado un auto junto con un amigo nuevo.
Primero volvió porque, según él, había olvidado una llave inglesa dentro del maletero. Después apareció porque podía conseguir una pieza más barata. Más tarde porque conocía a un mecánico que “no cobraba como ladrón”.
Mi marido encontraba todo aquello maravilloso.
Yo solamente observaba cómo Esteban abría el capó, se remangaba la camiseta y trabajaba durante horas con los brazos llenos de grasa, explicando cosas que ninguno de nosotros entendía demasiado.
No voy a fingir que no me atraía.
Me atraía.
Y tampoco considero que reconocerlo me convierta automáticamente en una mala persona. Una mujer puede encontrar atractivo a otro hombre sin que inmediatamente tenga que destruir su matrimonio, aunque algunos parecen creer que incluso mirar ya constituye una traición.
Esteban tenía esa mezcla desagradable de rudeza y seguridad que mi marido nunca tuvo.
Mi marido preguntaba.
Esteban decidía.
Mi marido dudaba.
Esteban hacía.
Supongo que esas diferencias empezaron a resultarme demasiado visibles porque una tarde, mientras él trabajaba debajo del capó, me sorprendí observándolo varios segundos.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Estoy mirando mi auto.
Sonrió.
—Claro.
Esa sonrisa me molestó porque implicaba que sabía perfectamente lo que estaba ocurriendo.
Lo peor fue que mi marido apareció cinco minutos después con dos cervezas y le ofreció una.
Después lo invitó a cenar.
Y así fue como, por absoluta iniciativa de mi marido, Esteban terminó entrando por primera vez a nuestra casa.
La cena fue probablemente el momento en que todo empezó a complicarse, aunque si alguien debería sentirse culpable por eso sería mi marido, porque fue él quien insistió en convertir a un desconocido en parte de nuestra rutina.
Esteban llegó con una botella barata y una bolsa llena de repuestos que dejó junto a la puerta. Comimos durante horas, bebimos demasiado y mi marido terminó contando cosas personales que yo jamás habría compartido con alguien conocido hacía apenas semanas.
Yo estaba avergonzada.
Esteban parecía divertido.
—Tu marido confía mucho en la gente —me dijo cuando él fue a buscar otra botella.
—Demasiado.
—Eso puede ser peligroso.
—Díselo a él.
Me sostuvo la mirada durante unos segundos.
—Quizá se lo estoy diciendo a la persona correcta.
No respondí.
Esa noche, cuando se marchó, encontré su encendedor sobre la mesa. Podría haberlo dejado allí hasta la próxima visita, pero bajé detrás de él y lo alcancé junto al auto.
—Olvidaste esto.
Esteban tomó el encendedor sin apartar los ojos de mí.
—Pensé que tal vez bajarías.
—No te hagas ilusiones.
—No me las hago. Las confirmo.
Debería haberle dicho que no volviera.
En cambio regresé al departamento sonriendo.
Dos días después apareció un hombre preguntando por Esteban.
No parecía amigo suyo.
Dijo que necesitaba encontrarlo por una deuda importante y que sabía que había vendido el vehículo recientemente.
Yo podría haberle dado su teléfono.
Podría haber contado que seguía viniendo.
Pero pensé que no era asunto mío.
—No sabemos nada de él —dije.
Aquella fue la primera vez que mentí para protegerlo.
Y todavía considero que, en ese momento, no hice nada realmente grave.
Cuando le conté a Esteban que alguien había ido a buscarlo, su expresión cambió apenas un instante. Después volvió a esa tranquilidad irritante que parecía acompañarlo incluso cuando todo estaba saliendo mal.
—¿Qué le dijiste?
—Que no sabía nada.
—Gracias.
—No lo hice por ti.
Eso dije.
La verdad era bastante menos digna.
Me gustó comprobar que ahora existía algo entre nosotros que mi marido desconocía. Un secreto pequeño, casi insignificante, pero suficiente para hacernos mirarnos de otra manera cuando estábamos los tres juntos.
Esteban terminó explicándome parte de la historia.
Había pedido dinero para un negocio que salió mal. Debía a proveedores, antiguos socios y dos personas que, según él, cobraban de maneras poco amables.
—Por eso vendiste el auto.
—En parte.
—Entonces nos encajaste un problema mecánico para conseguir dinero rápido.
—Tu marido lo revisó.
Me reí.
—Mi marido revisando un motor es como yo realizando una cirugía.
Esteban también se rio.
Aquella complicidad me gustó demasiado.
Comencé a avisarle cuando alguien preguntaba por él. Incluso llegué a decirle qué horarios eran más seguros para venir al edificio sin encontrarse con determinadas personas.
No sé cuándo exactamente pasé de ocultar información a organizarle la vida.
Quizá fue gradual.
Quizá simplemente me gustaba sentir que me necesitaba.
Una tarde apareció con un corte pequeño sobre la ceja y dijo que había tenido una discusión con uno de los acreedores.
Lo hice pasar.
Le limpié la herida en la cocina mientras mi marido todavía estaba trabajando.
Esteban me sujetó la muñeca.
No me besó.
Pero ambos entendimos que ya estábamos demasiado cerca.
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Después de aquello empecé a esperar sus visitas de una forma que ya no podía explicar únicamente por el auto, aunque continuaba diciéndome que todo había empezado porque mi marido lo había metido en nuestra casa.
Si él no hubiera comprado aquel vehículo absurdo, nada de esto habría ocurrido.
Si no hubiera invitado a Esteban a cenar, tampoco.
Si no hubiese insistido en llamarlo cada vez que aparecía el menor problema mecánico, probablemente yo jamás habría pasado tantas horas con él.
No estoy diciendo que mi marido tenga la culpa de todo.
Solamente digo que tampoco era completamente inocente.
Una noche volvió a invitarlo a comer.
Bebimos hasta tarde y mi marido terminó bastante borracho, hablando como siempre de proyectos que jamás iba a terminar. Esteban escuchaba mientras yo lo miraba desde el otro extremo de la mesa.
Cuando mi marido se quedó dormido en el sofá, acompañé a Esteban hasta la puerta.
—No deberías seguir viniendo —le dije.
—Entonces dime que no vuelva.
No lo dije.
Esteban me acarició el cuello con la parte limpia de la mano y yo debería haber retrocedido. En cambio permanecí completamente quieta, disfrutando durante unos segundos algo que sabía perfectamente que estaba mal.
—Tu marido es buen tipo —murmuró.
—No empieces.
—Solo digo que esto sería una mierda.
—Entonces vete.
Esteban se inclinó.
El beso duró poco.
Suficiente.
Cuando cerré la puerta regresé al salón y encontré a mi marido dormido, todavía con la copa en la mano.
Lo miré y sentí culpa.
Pero también pensé que era increíblemente ingenuo.
Y aquella segunda sensación terminó ganando.
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Después del primer beso dejamos de fingir que solamente existía una tensión inofensiva. Sin embargo, yo seguía poniéndome límites mentales porque siempre resulta más fácil soportar una traición cuando puedes dividirla en pequeñas decisiones.
No nos acostábamos.
Todavía.
Eso me permitía decirme que la situación no era tan grave.
Nos besábamos junto al auto, dentro del taller de un amigo suyo o en alguna esquina oscura del estacionamiento. Esteban nunca me presionaba, y eso curiosamente me hacía buscarlo todavía más.
Mientras tanto, mi marido continuaba tratándolo como si fuera un hermano.
Lo llamaba para pedir consejos.
Le prestaba herramientas.
Incluso una vez le entregó dinero porque Esteban dijo que necesitaba comprar unos repuestos que después pagaríamos entre los dos.
Yo sabía que parte de ese dinero probablemente terminaría en otra deuda.
No dije nada.
Una tarde llegaron dos hombres al edificio preguntando nuevamente por él.
Esta vez sabían que seguía visitándonos.
Me mostraron una fotografía y dijeron que el auto que habíamos comprado todavía estaba relacionado con una deuda que podía terminar en una demanda.
Sentí miedo.
Pero mi primera preocupación no fue nuestro dinero.
Fue Esteban.
Le escribí inmediatamente.
“NO VENGAS. TE ESTÁN BUSCANDO.”
Después borré el mensaje.
Cuando mi marido llegó, le conté que habían preguntado por el vehículo, pero omití cualquier referencia a Esteban.
—¿Crees que nos estafó? —preguntó.
Podría haber terminado todo ahí.
En cambio respondí:
—No seas paranoico.
Y mientras lo decía pensé que, francamente, la facilidad con la que seguía confiando en ambos empezaba a resultarme casi ofensiva.
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La situación explotó cuando recibimos una notificación relacionada con el auto. Había una deuda anterior vinculada a la transferencia y existía la posibilidad de que tuviéramos que demostrar cómo se había realizado la compra.
Mi marido se desesperó.
Llamó a Esteban.
Yo ya sabía que no contestaría.
—Ese hijo de puta nos cagó —dijo.
Me molestó escucharlo hablar así de él.
Eso fue probablemente lo más absurdo de toda la historia: Esteban efectivamente nos había metido en un problema, pero yo sentía la necesidad inmediata de defenderlo.
—Tampoco sabemos qué pasó.
—¿Qué más necesitas saber?
—Capaz que él también haya sido víctima.
Mi marido me miró como si no pudiera creer lo que estaba oyendo.
Yo tampoco podía creerlo.
Esa misma noche fui a buscar a Esteban.
Lo encontré en un taller abandonado donde estaba escondiendo herramientas y preparando algunas cosas para marcharse de la ciudad.
—Tienes que arreglar esto.
—No puedo.
—Mi marido puede perder el auto.
—Tu marido compró algo sin revisar los papeles.
La frase me dolió porque era exactamente lo que yo misma llevaba meses pensando.
Esteban dijo que necesitaba desaparecer unos días hasta conseguir dinero y negociar con los acreedores.
Después me pidió algo.
Que escondiera una carpeta con documentos en nuestra casa.
Si la encontraban, podían demostrar que había estado moviendo dinero entre varias cuentas para retrasar pagos.
—Eso ya es delito, Esteban.
—Entonces dime que no.
Me quedé mirándolo.
Había llegado el momento perfecto para terminarlo todo.
En cambio tomé la carpeta.
Y antes de marcharme lo besé contra el capó del mismo auto que había provocado todo.
Escondí los documentos dentro de una caja con ropa antigua mientras mi marido intentaba resolver por su cuenta el desastre administrativo que nosotros dos le habíamos dejado encima.
No me siento orgullosa.
Pero tampoco voy a fingir que en ese momento pensaba principalmente en él.
Pensaba en Esteban.
Pasé días avisándole quién preguntaba, qué cartas llegaban y cuándo era seguro volver. Incluso retiré dinero de nuestros ahorros para ayudarlo a negociar una deuda urgente.
Mi marido descubrió el retiro una semana después.
—¿Dónde está el dinero?
Mentí.
Dije que había tenido que pagar una deuda personal que llevaba meses escondiéndole.
Fue cruel.
Lo sé.
Pero decirle la verdad habría sido peor para todos.
Eso fue lo que me repetí.
Finalmente Esteban consiguió arreglar parte del problema legal del auto y apareció nuevamente en casa como si nada hubiera ocurrido.
Mi marido, increíblemente, terminó perdonándolo.
Le estrechó la mano.
Hasta le ofreció una copa.
Yo los observaba desde la mesa intentando no reírme de lo absurda que era la escena.
Después de cenar acompañé a Esteban al estacionamiento.
Nos besamos otra vez junto al auto.
Él me preguntó cómo podía seguir viviendo con mi marido después de todo aquello.
—Porque me quiere —respondí.
—Eso no responde nada.
—Claro que responde.
Regresé al departamento y encontré a mi marido recogiendo los platos.
Me sonrió.
Yo también.
A veces pienso que debería sentirme una basura por todo lo que hice.
Pero después recuerdo que él fue quien compró el auto.
Él invitó a Esteban a nuestra casa.
Él confió en ambos.
Y, sinceramente, alguna responsabilidad tendrá una persona por ser tan estúpidamente confiada.
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